sábado, 17 de septiembre de 2016

A trece minutos del suicidio (poesía)


A trece minutos del suicidio

Me encuentro sentado a trece minutos de suicidarme. Me cansé de la insuficiencia, la mala memoria y los accidentes de la vida.

Doce.
Me cansé de avanzar sin un rumbo fijo, de los contratiempos, la divergencia de mi camino con el de quienes quiero.

Once.
Me cansé de amistades frágiles y duraderas, de relaciones cortas, rencorosas y poco recíprocas , de la miel del amor y su brevedad.

Diez.
Me cansé de buscar personas que no les intereso, me cansé de interesar sólo por conveniencia, de las risas falsas y el apoyo fantasma.

Nueve.
Me cansé de la insuficiencia que me causo, de mis pasos cortos, de mis ojos vacíos, de mis manos ásperas y el silencio en el que vivo.

Ocho.
Me cansé de todo y de todos, me cansé de existir, de reír, de llorar, hoy quiero saltar, cerrar los ojos y dejar de respirar.

Siete.
Mañana no sé si llorarán, la hipocresía se hará presente en mi funeral, las personas ajenas a mi familia que realmente quise no asistirán.

Seis.
Las personas que admiré y quise no se enterarán hasta pasado mañana de mi muerte, su orgullo nunca les permitió tener la iniciativa para iniciar conversación.

Cinco.
Mi familia se mostrará triste y sorprendida, “cómo pudo hacerlo? Si se veía tan feliz, tan contento” demostrando realmente cuando desconocido fui para ellos.

Cuatro.
Me disculpo con aquellos que lastimo y que nunca demostré un gran aprecio, me disculpo por el silencio, por la indiferencia, por la tristeza y la monotonía.

Tres.
Nunca demostré lo suficiente y cuando lo demostré pasé desapercibido, fui invisible para tantos que estando vivo comprendí el olvido.

Dos.
El tiempo se me agota o más bien yo busco que se agote, quiero que se agote, imploro silencio, respiro profundo y cierro los ojos.

Uno.
Mi último minuto, es hora de cerrar los ojos, de soltarme, de despedirme. Tengo que saltar, adiós.

Mikhael Gray

13 de Junio, 2016 

Nota del autor: después de mucho sin actualizar, aquí sigo, ando de suicida y por eso mi post (mentira). Espero que les guste este diferente acercamiento a la depresión y a la muerte. Si les gustó compártanlo. 

domingo, 14 de agosto de 2016

Divagancia 270516

Divagancia 270516


Revisando mi existencia
me arrojo al suelo esperando el bien morir.

Hoy amanecí cansado,
dormí sólo dos horas.

¿Por qué no me cortan el cuello ahorrándome las otras veintidós horas de vida?

Quiero morirme un rato,
dos o tres días
para no atrasarme tanto en mis deberes.
Me he sentado
para que me atrase más con el tiempo.
Nunca es suficiente, no basta,
me falta algo y me sobra algo.

Ayer me bañé en la nostalgia de una memoria
y algo que desde hace años que no experimento.
Me molesta la gente y el conformismo,
me dan asco ciertas rutinas y actividades,
déjenme dormirme dos o tres días
para despertar más comprensivo
o más amable o en el peor de los casos,
más solitario.

Desde hace días
que la soledad y la nostalgia
se pasean desnudas por mi cuarto.
Ya no me atraen ni me satisfacen
como en el pasado.
Prefiero una buena conversación nostálgica,
mi libreta y quizá cierto suspiro
de esos que durante años he almacenado.

Guardo poesía
que nunca escribo y que al silencio le declamo.
Atrás de mí hay una pareja de enamorados,
se ven felices sin sentido del cansancio,
“quiero casarme contigo” se dicen entre besos,
yo no puedo casarme, aún no paso del cuarto de siglo.

Me faltan tantas cosas por hacer,
quizá un trauma más por conocer o algún intento de suicidio,
da igual, desde hace días me siento cansado.

Mikhael Gray
27 de Mayo, 2016

"Esa mujer brillaba como la luna"
Juan Gelmán. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Historia de un minuto - ocho

Historia de un minuto – ocho


El viento soplaba susurrando algo que nadie comprendía, el sol contaba sus últimos minutos antes de que fuera hora de retirarse para dar paso a la noche, las nubes se dejaban arrastrar por las corrientes y pintaban el cielo de suspiros con formas que sólo la imaginación podría ver, uno que otro pájaro dejaba oír su canto pero la mayoría disfrutaba del silencio y el susurro incomprensible del viento. Marcelo reposaba acostado en el techo de su casa, estiraba la mano con la ilusión de tocar el cielo aunque no lo hiciera, cantaba fragmentos de una canción con cierta nostalgia para después volver a caer en el silencio, dejó que el tiempo fluyera y que un minuto se transformara en una hora en el reflejo del cielo en sus pupilas. Se incorporó de nuevo, dio un respiro largo y se acercó a la orilla del techo de su casa, se sentó en el borde y se quedó ahí sentado, comenzó a observar el ocaso vacio de esperanza, ganas y entusiasmo, buscaba en su memoria y en su corazón una razón para sonreír pero no la encontraba, suspiraba pero sus suspiros ya no poseían destinatario. Sus ojos miraban vacios hacía el ocaso y esperaba oír algo que ni el mismo conocía, estaba cansado, solía mirar hacia abajo con la esperanza de sentir ese impulso que lo obligara a saltar del borde del techo de su casa y besar el suelo para desconectarse de este mundo, pero esas ganas nunca le llegaban. El sol se despidió pintando el cielo de rosa y cediéndole el reinado a la noche y su caricia fría, Marcelo seguía sentado dónde mismo, el viento frío le susurraba al oído y lastimaba sus manos, el no se inmutaba, permanecía sentado, de un momento buscó en su bolsillo aquel paquete de cigarros que había comprado hace un par de horas, sacó uno, lo encendió e intentó disfrutarlo, el humo le castigaba la nariz, los pulmones y los labios, el sabor de su saliva se había vuelto amargo, él solamente se limitaba a girar la cabeza para escupir en el techo, por un momento sintió un par de lágrimas escapárseles y pudo verlas viajar con el viento del anochecer, él siguió guardando silencio. En un momento de locura giró su cabeza para ver hacía atrás y tener la alucinación de una silueta familiar subir al techo y hacer algún comentario, después una lágrima le despertó para hacerle ver que no había nadie ahí. Marcelo se quitó del borde del techo y regresó a un sitió donde la gente no lo vería como un suicida más, permaneció sentado en silencio, un par más de lágrimas resbalaron por sus mejillas, no sabía si era nostalgia o el viento que le lastimaba la mirada, se levantó, miró hacía el borde de su techo, dio unos pasos y pegó un salto, a mitad del salto se arrepintió, aterrizó al borde del techo, a milímetros de haberse convertido en un suicida más, movió sus brazos para recuperar el equilibrio y en un impulso se arrojó hacía atrás cayendo sobre su espalda, el corazón le latía acelerado, las lagrimas le resbalaban por las mejillas, la respiración se le resultaba irregular, el aire frío le quemaba los pulmones, sus brazos estaban tan fríos que no habían sentido el golpe del suelo del techo ni las raspaduras, mucho menos las piedritas que se habían clavado en su espalda, Marcelo se reincorporó, dio un largo suspiro, se limpió las lágrimas de su rostro, buscó una razón para saltar del techo pero no la encontró. Evocó viejas memorias en aquel techo, dio un suspiro, avanzó un par de pasos y bajó del techo. Salió fuera de su casa, caminó sin un rumbo seguro, avanzó y avanzó, el frío de la noche lo castigaba pero esa sensación indescriptible que le carcomía el estomago y el corazón lo motivaba a seguir avanzando. Avanzó hasta que no encontró más motivo para seguir caminando, caminó por en medio de la calle esperando que pasara una fatalidad, un automóvil lo atropellara, algún malviviente lo asaltara o algo peor, nada de lo que esperaba sucedió, como ya era costumbre. Siguió avanzando sin rumbo hasta que se encontraba lo suficiente lejos de su hogar y las piernas no le daban más fuerza para avanzar, se detuvo en una esquina, tomó un taxi de regreso a su hogar y se quedó sentado afuera de su casa, con las piernas recogidas, un par de estornudos fueron la señal de que el frío había causado sus estragos, pero Marcelo no prestó importancia, él permaneció sentado esperando un milagro que no sucedería, Marcelo se puso de pie, entró a su casa, arrastró los pies hasta su habitación y se arrojó a su cama, se quedó dormido.